El nombre Grigori, procedente del griego y relacionado con la idea de estar despierto o permanecer vigilante, aparece de manera especialmente reconocible en el llamado Segundo Libro de Enoc. El texto más antiguo y decisivo para comprender su rebelión, sin embargo, es el Libro de los Vigilantes, contenido en los capítulos 1 al 36 de 1 Enoc.
Hoy pensamos en ellos como enemigos de Dios, espíritus malignos que buscan tentar, corromper o destruir al ser humano. Los imaginamos con cuernos, alas de murciélago, pezuñas o cuerpos deformes, gobernando un infierno de fuego eterno. Sin embargo, esa imagen es relativamente reciente. Es el resultado de miles de años de transformaciones religiosas, filosóficas y culturales.
Pocas figuras históricas han dejado una huella tan profunda en la imaginación de Europa como Atila. Su nombre todavía evoca incendios, ciudades arrasadas y el temor de un continente entero. Durante siglos fue conocido como el Flagellum Dei, el Azote de Dios, un soberano cuya sola presencia parecía anunciar el fin de una era. Sin embargo, la historia no fue el único lugar donde sobrevivió.
La historia de Fafnir y Sigfrido reúne muchos de los elementos que hoy consideramos inseparables de la fantasía heroica: una espada forjada para un elegido, un dragón que custodia un tesoro, un héroe casi invulnerable, una princesa guerrera, un anillo maldito y una traición que conduce a un final trágico. No es casual que escritores como J. R. R. Tolkien o compositores como Richard Wagner encontraran en estas antiguas leyendas una fuente inagotable de inspiración. Sin embargo, detrás del célebre combate contra Fafnir existe un universo mucho más amplio, tejido durante siglos por la tradición oral de los pueblos germánicos y escandinavos.
Desde sus primeros años, Mitos y Leyendas ha tenido una relación profunda con los libros y la lectura. Historias antiguas, símbolos, héroes, monstruos, dioses, reinos perdidos, batallas imposibles y preguntas que siguen vivas aunque hayan pasado siglos.
Cuando pensamos en los grandes héroes de la mitología germánica, el primer nombre que suele aparecer es Sigfrido, el vencedor del dragón Fafnir y dueño del tesoro de los nibelungos. Sin embargo, durante buena parte de la Edad Media existió otro personaje cuya fama llegó a ser igual, incluso mayor en su época: Dietrich von Bern, un rey guerrero cuya vida se extendió a lo largo de decenas de poemas, cantares heroicos y sagas, convirtiéndose en uno de los pilares de la épica alemana.
En el abismo insondable de lo que los humanos llamamos realidad, existen fuerzas y entidades cuya mera concepción trasciende las fronteras del entendimiento humano. No son dioses en el sentido tradicional, pues no buscan adoración ni compasión, y sus designios son ajenos a toda lógica mortal.
Cuando pensamos en un ángel, solemos imaginar una figura humana de rostro sereno, vestida de blanco y provista de grandes alas. Sin embargo, esa imagen es el resultado de siglos de interpretación religiosa, filosofía y arte. Los ángeles de los textos antiguos no poseen una apariencia única: algunos parecen hombres comunes, otros son seres de fuego, criaturas con numerosos rostros, ruedas cubiertas de ojos o guardianes híbridos situados junto al trono divino.
Howard Phillips Lovecraft nació el 20 de agosto de 1890 en Providence, Rhode Island, una ciudad antigua de Nueva Inglaterra, marcada por casas coloniales, iglesias severas, calles inclinadas, viejos cementerios y una memoria puritana que parecía seguir respirando bajo la piedra. Pocos escritores han estado tan unidos a un lugar como él. Para Lovecraft, Providence no fue solo una ciudad natal: fue una patria espiritual, un mapa íntimo, una especie de ruina viva donde el pasado todavía podía tocarse.