Pocas figuras históricas han dejado una huella tan profunda en la imaginación de Europa como Atila. Su nombre todavía evoca incendios, ciudades arrasadas y el temor de un continente entero. Durante siglos fue conocido como el Flagellum Dei, el Azote de Dios, un soberano cuya sola presencia parecía anunciar el fin de una era. Sin embargo, la historia no fue el único lugar donde sobrevivió.
La historia de Fafnir y Sigfrido reúne muchos de los elementos que hoy consideramos inseparables de la fantasía heroica: una espada forjada para un elegido, un dragón que custodia un tesoro, un héroe casi invulnerable, una princesa guerrera, un anillo maldito y una traición que conduce a un final trágico. No es casual que escritores como J. R. R. Tolkien o compositores como Richard Wagner encontraran en estas antiguas leyendas una fuente inagotable de inspiración. Sin embargo, detrás del célebre combate contra Fafnir existe un universo mucho más amplio, tejido durante siglos por la tradición oral de los pueblos germánicos y escandinavos.
Cuando pensamos en los grandes héroes de la mitología germánica, el primer nombre que suele aparecer es Sigfrido, el vencedor del dragón Fafnir y dueño del tesoro de los nibelungos. Sin embargo, durante buena parte de la Edad Media existió otro personaje cuya fama llegó a ser igual, incluso mayor en su época: Dietrich von Bern, un rey guerrero cuya vida se extendió a lo largo de decenas de poemas, cantares heroicos y sagas, convirtiéndose en uno de los pilares de la épica alemana.