Cuando pensamos en un ángel, solemos imaginar una figura humana de rostro sereno, vestida de blanco y provista de grandes alas. Sin embargo, esa imagen es el resultado de siglos de interpretación religiosa, filosofía y arte. Los ángeles de los textos antiguos no poseen una apariencia única: algunos parecen hombres comunes, otros son seres de fuego, criaturas con numerosos rostros, ruedas cubiertas de ojos o guardianes híbridos situados junto al trono divino.
El Libro de Enoc, también llamado simplemente Enoc o el Enoc etíope, nace de una de las frases más misteriosas del Génesis. Allí se dice que Enoc, séptimo patriarca desde Adán, “caminó con Dios” y luego desapareció, porque Dios se lo llevó. Esa pequeña grieta narrativa abrió un abismo de imaginación religiosa: si Enoc no murió, ¿adónde diablos fue? ¿Qué vio? ¿Qué secretos le revelaron los cielos?
Pocas culturas en el mundo han desarrollado una relación tan intensa, compleja y simbólica con la muerte como la mexicana. Allí donde otras tradiciones la esconden, la silencian o la reducen al duelo íntimo, México la transforma también en memoria visible, rito compartido y lenguaje popular.
Para comprender el vudú hay que volver la mirada hacia África occidental, especialmente hacia la región del antiguo Dahomey, en el actual Benín y sus zonas vecinas.
Chile tiene su historia oficial, la de los héroes, las guerras, los presidentes, los terremotos y las fechas que aprendemos en el colegio. Pero bajo esa superficie late otra historia, una más inquietante y persistente