Las criaturas sobrenaturales necesitan, casi inevitablemente, a alguien capaz de enfrentarlas. Pero la figura del cazador de monstruos es mucho más antigua y variada que el hombre armado con estacas que fijó la literatura moderna. En el folclore europeo y asiático encontramos héroes que atraviesan el Otro Mundo, hijos de vampiros capaces de reconocer a los muertos, especialistas contratados por una aldea y divinidades cuya sola imagen basta para mantener alejados a los espíritus.
Hay una forma de recorrer Europa central y oriental que sigue caminos antiguos, cementerios rurales, bosques, habitaciones donde acaba de nacer un niño, casas en las que alguien murmura palabras contra una enfermedad. En ese territorio las criaturas sobrenaturales que muy pocas veces pertenecen a una categoría precisa.
En 1819 apareció en Inglaterra un breve relato llamado The Vampyre. Su protagonista, Lord Ruthven, no era el cadáver hinchado y sanguinolento que podía encontrarse en numerosas tradiciones de Europa oriental. Vestía bien, frecuentaba los salones, viajaba por Europa y pertenecía a la aristocracia. Su monstruosidad apenas no necesitaba ocultarse. Con él nació una de las grandes transformaciones del vampiro occidental.
La novela breve Carmila fue publicada en 1872 por el escritor irlandés Joseph Sheridan Le Fanu, Carmilla es una de las obras fundamentales de la literatura vampírica. Aunque sabemos que no fue la primera historia moderna sobre vampiros, si transformó profundamente la figura del no muerto. En sus páginas, el vampiro ya no es solamente un cadáver que abandona la tumba para alimentarse de los vivos. Puede seducir, recordar y establecer con su víctima una relación.
Cuando Bram Stoker eligió Transilvania como patria de Drácula encontró una región donde durante siglos habían convivido pueblos, lenguas y religiones diferentes, y donde montañas, bosques, tormentas y aldeas conservaban numerosas historias sobre muertos que regresaban, hechiceros que dominaban el clima, dragones, espíritus de las aguas y criaturas escondidas en los límites del mundo.
Drácula, la novela de Bram Stoker, fue publicada en Londres en 1897, en los últimos años de la era victoriana. No apareció en un vacío. A fines del siglo XIX, Gran Bretaña era una potencia imperial, científica e industrial, pero también una sociedad inquieta ante los cambios que ella misma había producido. Las ciudades crecían, las comunicaciones se aceleraban, la medicina avanzaba y la luz parecía iluminarlo todo, o casi todo.
El nombre Grigori, procedente del griego y relacionado con la idea de estar despierto o permanecer vigilante, aparece de manera especialmente reconocible en el llamado Segundo Libro de Enoc. El texto más antiguo y decisivo para comprender su rebelión, sin embargo, es el Libro de los Vigilantes, contenido en los capítulos 1 al 36 de 1 Enoc.
Hoy pensamos en ellos como enemigos de Dios, espíritus malignos que buscan tentar, corromper o destruir al ser humano. Los imaginamos con cuernos, alas de murciélago, pezuñas o cuerpos deformes, gobernando un infierno de fuego eterno. Sin embargo, esa imagen es relativamente reciente. Es el resultado de miles de años de transformaciones religiosas, filosóficas y culturales.
Cuando pensamos en un ángel, solemos imaginar una figura humana de rostro sereno, vestida de blanco y provista de grandes alas. Sin embargo, esa imagen es el resultado de siglos de interpretación religiosa, filosofía y arte. Los ángeles de los textos antiguos no poseen una apariencia única: algunos parecen hombres comunes, otros son seres de fuego, criaturas con numerosos rostros, ruedas cubiertas de ojos o guardianes híbridos situados junto al trono divino.
El Libro de Enoc, también llamado simplemente Enoc o el Enoc etíope, nace de una de las frases más misteriosas del Génesis. Allí se dice que Enoc, séptimo patriarca desde Adán, “caminó con Dios” y luego desapareció, porque Dios se lo llevó. Esa pequeña grieta narrativa abrió un abismo de imaginación religiosa: si Enoc no murió, ¿adónde diablos fue? ¿Qué vio? ¿Qué secretos le revelaron los cielos?
Pocas culturas en el mundo han desarrollado una relación tan intensa, compleja y simbólica con la muerte como la mexicana. Allí donde otras tradiciones la esconden, la silencian o la reducen al duelo íntimo, México la transforma también en memoria visible, rito compartido y lenguaje popular.
Para comprender el vudú hay que volver la mirada hacia África occidental, especialmente hacia la región del antiguo Dahomey, en el actual Benín y sus zonas vecinas.