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San Martín y la visión de una Sudamérica libre

Argentina lo recuerda como Padre de la Patria, Chile como uno de los grandes jefes militares de su independencia, Perú como el libertador que entró en Lima y proclamó su emancipación. Sin embargo, detrás del prócer inmóvil de plazas, retratos y monumentos hubo un militar profesional, formado durante más de veinte años en Europa, que comprendió la guerra de independencia con una amplitud poco frecuente entre sus contemporáneos.

Su mayor obra no fue solamente cruzar los Andes. Fue comprender que la revolución sudamericana no podía sobrevivir mientras el poder español conservara su poder sobre el virreinato del Perú.

Un americano formado en España

José Francisco de San Martín nació el 25 de febrero de 1778 en Yapeyú, en el actual territorio argentino y entonces parte del Imperio español. Siendo niño partió con su familia a España. Allí comenzó una formación que marcaría toda su vida.

En 1789, con apenas once años, ingresó como cadete al Regimiento de Murcia. Durante las dos décadas siguientes conoció la guerra de una manera muy distinta a la de muchos de los futuros caudillos americanos. Combatió en el norte de África, participó en conflictos contra franceses, británicos y portugueses y finalmente luchó contra la invasión napoleónica de España.

La batalla de Bailén, en 1808, tuvo especial importancia en su carrera. Allí las fuerzas españolas consiguieron una de las primeras grandes derrotas sufridas por el ejército de Napoleón. San Martín fue condecorado y ascendido.

Cuando regresó a América no era, por lo tanto, un jefe improvisado. Conocía la disciplina de los ejércitos europeos, la organización de unidades regulares, el empleo combinado de infantería, caballería y artillería, y especialmente la importancia de aquello que suele desaparecer detrás de las grandes batallas, abastecimiento, comunicaciones, inteligencia y, por sobre todas las cosas, la logística.

También era un hombre de considerable cultura. Formó durante su vida una biblioteca de centenares de volúmenes sobre historia, geografía, filosofía, viajes y asuntos militares. Los libros lo acompañaron durante buena parte de sus campañas. Este aspecto resulta importante porque permite apartarse de la imagen del guerrero definido únicamente por la espada. San Martín pertenecía también al mundo intelectual de la Ilustración tardía y de las profundas transformaciones políticas abiertas por las revoluciones americana y francesa.

El regreso a América

En 1811 abandonó el ejército español. Pasó por Londres y finalmente llegó a Buenos Aires en marzo de 1812. La decisión era extraordinaria. Había desarrollado casi toda su vida adulta en España y poseía allí una carrera militar consolidada. Sin embargo, regresó al continente donde había nacido para incorporarse a una revolución cuyo desenlace era todavía incierto.

En Buenos Aires organizó el Regimiento de Granaderos a Caballo y comenzó a introducir formas de disciplina y entrenamiento propias de un ejército profesional. Su primera gran acción en territorio rioplatense fue el combate de San Lorenzo, en febrero de 1813. Pero su importancia histórica se haría evidente poco después.

En 1814 asumió brevemente el mando del Ejército del Norte. Las sucesivas campañas por el Alto Perú habían demostrado la enorme dificultad de alcanzar Lima siguiendo aquella ruta. San Martín comenzó entonces a desarrollar una alternativa mucho más ambiciosa.

En lugar de avanzar directamente hacia el norte, propuso atravesar la cordillera, liberar Chile, controlar el Pacífico y atacar el Perú por mar. Era un proyecto continental.

San Martín fue nombrado gobernador de Cuyo en 1814. Desde Mendoza comenzó una de las empresas militares más extraordinarias de las guerras de independencia americanas. Durante dos años organizó el Ejército de los Andes. Fue necesario reclutar soldados, reunir miles de animales, fabricar armas y municiones, confeccionar uniformes, acumular alimentos, estudiar los pasos cordilleranos y obtener recursos de una población sometida a un enorme esfuerzo económico.

La campaña no fue únicamente argentina. Después de la derrota patriota chilena en Rancagua, numerosos exiliados cruzaron hacia Mendoza. Entre ellos se encontraba Bernardo O'Higgins, quien se convertiría en uno de los principales comandantes de la expedición.

A comienzos de 1817 el ejército comenzó a internarse en la cordillera.

La imagen posterior ha transformado el cruce de los Andes en una escena casi romántica de soldados avanzando entre montañas. La realidad fue bastante más dura. Miles de hombres, mulas y caballos debieron atravesar pasos situados a enormes alturas soportando frío, hambre, falta de oxígeno y terrenos donde un error podía significar la muerte.

San Martín dividió deliberadamente sus fuerzas entre varios pasos. Las columnas principales avanzaron por Los Patos y Uspallata, mientras otros contingentes contribuían a confundir al mando español respecto del verdadero lugar de la ofensiva.

El 12 de febrero de 1817 el Ejército de los Andes derrotó a las fuerzas realistas en Chacabuco. Santiago quedó abierto. San Martín pudo haber asumido el poder en Chile, pero rechazó hacerlo. Bernardo O'Higgins fue nombrado Director Supremo.

Maipú y Perú

España envió nuevos refuerzos desde el Perú y, en marzo de 1818, las fuerzas patriotas sufrieron una grave derrota en Cancha Rayada. Durante algunas horas incluso corrió el rumor de que San Martín y O'Higgins habían muerto. El ejército consiguió reorganizarse.

El 5 de abril de 1818, en los campos de Maipú, tuvo lugar la batalla decisiva. Las fuerzas comandadas por San Martín derrotaron al principal ejército realista que amenazaba Santiago. Maipú aseguró la independencia del centro de Chile y permitió continuar el verdadero objetivo del plan sanmartiniano: el Perú.

Aquí aparece una de las claves para comprender su importancia. San Martín nunca consideró la liberación de Chile como el final de la campaña. Chile era una pieza indispensable dentro de una estrategia mayor.

Mientras Lima continuara siendo el principal centro del poder español en Sudamérica, ninguna independencia estaba completamente segura.

Con el apoyo del gobierno de O'Higgins se organizó una escuadra capaz de disputar el dominio del Pacífico. La creación de aquella fuerza naval, en la que tendría un papel fundamental Thomas Cochrane, permitió preparar la Expedición Libertadora del Perú.

El 20 de agosto de 1820 la expedición zarpó desde Valparaíso.

San Martín evitó en Perú una gran batalla inmediata. Prefirió combinar movimientos militares, negociaciones, propaganda, espionaje, bloqueos y presión política sobre las fuerzas realistas.

La estrategia produjo resultados. Cuando los realistas abandonaron Lima, San Martín entró en la ciudad. El 28 de julio de 1821 proclamó la independencia del Perú.

Buena parte de la sierra permanecía en manos españolas y allí continuaba un poderoso ejército realista. San Martín asumió el título de Protector del Perú e intentó organizar el nuevo Estado mientras buscaba una solución política capaz de darle estabilidad.

Su pensamiento político resulta hoy especialmente interesante. A diferencia de la imagen republicana que posteriormente se construiría en torno suyo, San Martín consideró seriamente la posibilidad de establecer una monarquía constitucional en el Perú. No era una contradicción excepcional para la época. Muchos dirigentes independentistas temían que las nuevas repúblicas terminaran fragmentadas por guerras civiles y disputas regionales.

La independencia no resolvía automáticamente la pregunta más difícil, ¿cómo gobernar después de la revolución?

En julio de 1822 San Martín se reunió en Guayaquil con Simón Bolívar. No existe un registro completo de la conversación privada entre ambos libertadores, de modo que buena parte de lo que se ha escrito pertenece a reconstrucciones posteriores.

Lo que sí conocemos es el resultado.San Martín regresó al Perú y poco después renunció al Protectorado. Bolívar quedó como el principal conductor militar de la etapa final de la guerra. Las campañas posteriores, dirigidas por Bolívar y Antonio José de Sucre, culminarían con la victoria de Ayacucho en 1824.

San Martín se retiró progresivamente de la vida política americana y pasó buena parte de sus últimos años en Europa. Murió en Boulogne-sur-Mer, Francia, el 17 de agosto de 1850.

El legado de San Martín

La dimensión de San Martín resulta difícil de comprender si se observa únicamente desde las fronteras nacionales actuales.

Su campaña atravesó territorios que luego serían tres países diferentes. Organizó un ejército en el Río de la Plata, cruzó los Andes con argentinos y chilenos, combatió por la independencia de Chile y desde sus puertos organizó la expedición que atacaría el centro del poder español en Perú.

Conviene apartarse de la imagen del héroe solitario. El Ejército de los Andes y las campañas posteriores fueron posibles gracias a miles de personas, soldados argentinos y chilenos, afrodescendientes incorporados a los ejércitos revolucionarios, habitantes de Cuyo, arrieros, artesanos, mujeres que colaboraron en el abastecimiento, oficiales como Las Heras, O'Higgins y otros tantos cuyo nombre quedó en segundo plano.

En Argentina, especialmente desde fines del siglo XIX, San Martín fue transformado en el gran héroe nacional: el militar austero, el libertador desinteresado, el hombre que renunció al poder después de cumplir su misión. Ricardo Rojas terminaría por darle uno de sus nombres más perdurables: el Santo de la Espada. Monumentos, escuelas, calles, libros, películas y ceremonias incorporaron aquella imagen al imaginario colectivo.

Pero el personaje histórico es quizá más interesante que la estatua. San Martín fue oficial del rey antes de convertirse en revolucionario; combatió contra los franceses en España antes de combatir a los españoles en América; defendió la independencia pero desconfiaba de la fragilidad política de las nuevas república,; fue militar, lector, gobernador, estratega y gobernante.

Su grandeza fue ser uno de los primeros hombres que pensó nuestra Sudamérica a una escala continental.

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