Revenant: los muertos que regresan
Hay muertos que permanecen donde fueron enterrados y muertos que no aceptan ese destino. Muchos de ellos decidieron que la muerte no sería suficiente para detenerlos. A esa extensa familia de seres sobrenaturales podemos aproximarnos mediante una palabra francesa revenant.
Revenant significa, literalmente, “el que vuelve”. Procede del francés revenir, volver o regresar, derivado a su vez del latín revenire. El francés convirtió el participio revenant en sustantivo para designar al muerto que retorna; la Academia Francesa documenta este sentido desde el siglo XVII. En inglés la palabra comenzó a utilizarse con el significado de fantasma o persona regresada de la muerte a comienzos del siglo XIX.
Dejemos claro que palabra es mucho más reciente que la idea.
El miedo a los muertos inquietos
La creencia en muertos capaces de regresar aparece en culturas muy alejadas entre sí y adopta formas diferentes. A veces vuelve el espíritu; otras veces es el propio cadáver el que se levanta. En algunos relatos conserva memoria e inteligencia; en otros queda reducido a hambre, violencia o repetición.
En la antigua Mesopotamia ya encontramos una concepción muy desarrollada del muerto inquieto. El eṭemmu, aquello que sobrevivía de una persona después de morir, debía recibir enterramiento y cuidados rituales. Quienes no habían sido sepultados correctamente o habían sufrido determinadas muertes podían convertirse en espíritus errantes capaces de enfermar o atormentar a los vivos.
Algo semejante ocurre en el mundo griego. Los muertos sin sepultura, quienes fallecían antes de tiempo y aquellos que habían sufrido una muerte violenta eran considerados especialmente peligrosos. Podían reclamar venganza, exigir ritos o permanecer cerca del mundo humano. Los griegos incluso desarrollaron prácticas destinadas a contenerlos o apaciguarlos.
En las tradiciones nórdicas aparece con especial claridad. El haugbúi, literalmente “habitante del túmulo”, permanece ligado a su sepultura. Es un muerto corpóreo que continúa dentro del montículo funerario, muchas veces custodiando sus riquezas. A diferencia de otros muertos errantes, el haugbúi no necesita recorrer los caminos buscando víctimas: el peligro comienza cuando alguien entra en su dominio. La Grettis saga, por ejemplo, presenta a Kárr el Viejo como un habitante sobrenatural de su propio túmulo.
Relacionado con esta familia está el gjenganger de la tradición noruega. Su nombre conserva de manera extraordinaria la propia idea del revenant: es aquel que “vuelve a andar”, el muerto que regresa y se presenta nuevamente ante los vivos. El Store norske leksikon define al gjenferd —también llamado gjenganger— como una persona fallecida que vuelve y se manifiesta, a menudo porque no ha conseguido hallar descanso.
En ese mismo mundo, uno de los ejemplos literarios más poderosos es Glámr, de la Grettis saga. Después de morir, regresa como algo físico y brutal, aterroriza la región y finalmente debe ser enfrentado por Grettir. El episodio es tan importante que los estudios modernos lo han comparado incluso con las posteriores historias de vampiros, aunque esa identificación debe manejarse con cuidado: Glámr pertenece al universo de los muertos peligrosos de las sagas, no al vampiro literario moderno.
Cuando el muerto fue un hechicero
Existe, sin embargo, una variante aún más perturbadora: el muerto que ha colaborado con su propia transformación.
Entre los pueblos wabanaki del nordeste de Norteamérica encontramos al Skadegamutc, conocido en fuentes inglesas como ghost-witch. Las grafías varían considerablemente entre lenguas y recopiladores; aparecen formas como Skudakumooch y Skite'kmuj. En relatos recopilados de tradiciones mi'kmaq, maliseet, passamaquoddy y abenaki, la figura se vincula con un hechicero maligno que, tras morir, continúa regresando y atacando a los vivos. Algunas versiones afirman que solo el fuego puede poner fin definitivamente a ese retorno.
No estamos simplemente ante una víctima convertida en monstruo: el poder del hechicero se prolonga más allá de la tumba. Esta idea conduce inevitablemente al lich, aunque en este caso debemos separar folklore y fantasía moderna.
La palabra lich es antiquísima: procede del inglés antiguo līċ, “cuerpo” o “cadáver”, emparentado con el alemán moderno Leiche. Durante siglos no designó a una criatura concreta, sino sencillamente a un muerto.
El lich como mago que se transforma voluntariamente en no-muerto es mucho más reciente. Aunque su origen es popular, propio de la fábula, su forma final la toma de la literatura fantástica de comienzos del siglo XIX . El lich sacrifica su existencia natural para conservar su inteligencia y su magia después de morir. En muchas versiones separa o protege su alma mediante un objeto, asegurándose así una forma de supervivencia sobrenatural.
El lich lleva el concepto del revenant hasta su consecuencia extrema. Los demás muertos regresan porque algo salió mal. El lich hace que algo salga mal deliberadamente. Se hechiza, se transforma y convierte su propia muerte en un procedimiento mágico. No teme convertirse en cadáver: utiliza el cadáver como nuevo estado de existencia.
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El muerto dentro de otro muerto
El Hooh'-strah-dooh' presenta un caso distinto y especialmente extraño. Una recopilación del folklore wyandot publicada por William Elsey Connelley en 1899 los describe principalmente como caníbales y peligrosos. No son, por tanto, revenants en sentido europeo. Sin embargo, poseían un recurso que los coloca de lleno dentro del imaginario de los muertos que regresan.
Según el relato recogido por Connelley, uno de sus métodos consistía en introducirse en el cadáver de un wyandot muerto en una cabaña solitaria. Cuando familiares o viajeros se acercaban y se quedaban a dormir junto al cuerpo, el gigante animaba el cadáver, que se levantaba para asesinar y devorar a los desprevenidos.
El motivo introduce una posibilidad inquietante dentro del concepto de revenant. Cuando un muerto vuelve, ¿es realmente la misma persona? ¿Regresó su alma, regresó su memoria, o simplemente otra cosa encontró un cuerpo vacío y aprendió a moverlo?
Las muchachas que murieron antes de tiempo
La Mavka de la tradición ucraniana pertenece a una zona intermedia entre espíritu de la naturaleza y alma de los muertos. El nombre está relacionado con nav, término eslavo asociado con los muertos. Las mavky podían representar las almas de muchachas que habían sufrido muertes prematuras o antinaturales. En diversas tradiciones habitan bosques y montañas y aparecen como jóvenes de extraordinaria belleza capaces de atraer a los hombres hacia lugares peligrosos.
El elemento fundamental permanece, hubo una vida truncada y esa muerte incompleta sigue produciendo consecuencias. Es el mismo principio que encontramos una y otra vez desde la Antigüedad: quienes mueren antes de cumplir aquello que social o ritualmente debían completar son candidatos perfectos para convertirse en muertos inquietos.
El hombre del arrozal
En Japón encontramos otro regreso nacido de una injusticia: el Dorotabō. La figura aparece en el Konjaku Hyakki Shūi de Toriyama Sekien, publicado en 1781. Sekien representa a un ser de un solo ojo y tres dedos que emerge del barro de un arrozal reclamando que le devuelvan sus campos. La explicación asociada cuenta la historia de un anciano que trabajó duramente sus tierras para dejarlas a sus descendientes, pero cuyo heredero las malgastó y vendió. Después, desde el barro comenzó a levantarse aquella presencia exigiendo la restitución de la tierra.
Nuestro miedo a la muerte está unido, desde muy antiguo, al miedo a los muertos. No tememos solo dejar de existir, sino también aquello en lo que podríamos convertirnos después. Un cadáver conserva el rostro de alguien conocido, pero ya no responde, no respira y pertenece a un territorio que los vivos no pueden comprender. De allí nace una inquietud profunda: que la separación no sea completa, que el muerto siga mirando, recordando o deseando. Muchas culturas intentaron protegerse de esa posibilidad mediante entierros, ofrendas y rituales. Entonces el revenant existe porque la muerte y sus ritos, que deberían establecer una frontera definitiva, han fracasado.
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